Cuando era chico me gustaba treparme al ombú del club al que iba. «¡Si te caés, te vas a quebrar!». Y sí, claro, lo sabía pero lo trepaba igual. Nunca me caí, era muy ágil y atlético en aquel entonces como para caerme en tan cómodo árbol, era ideal para treparlo, así que no me caí. Al menos no en aquel ombú.
Hace unos meses otro ombú tomó relevancia en mi historia y cuando lo miraba me acordaba de aquella vez. Pero esta vez es diferente, no lo trepo, lo miro, aprovecho su sombra, su refugio del viento, su ambiente calmo y rodeado de verde. Extiendo una manta, cebo un mate, y mientras miro el infinito que me devuelve la mirada, me doy cuenta de que en realidad, sí estoy cayendo.
No todas las caídas son iguales. Esta vez, nadie está gritándome «¡Si te caés, te vas a quebrar!», y sin embargo caigo, en parte por elección, en una de las caídas más lindas que podemos tener los humanos. Pensando en las vueltas de la vida, en ese momento, en el «aquí y ahora», en los infinitos caminos que llevan a infinitas realidades, y estar en esa, la única en la que vivimos, cayendo.
Ella extiende la mano y agarra el mate que le acabo de cebar, me devuelve la mirada con su mirada infinita. Miramos el sol, poniéndose. Nos abrazamos, cayendo ambos. Le digo «gracias». Emprendemos la vuelta, alejándonos del ombú, mientras las últimas luces del día atraviezan el parabrisas, y otra luz, infinitamente más intensa, nos atraviesa a los dos.
